Lo que es, es; y lo que no es, no es. Parménides de Elea y los mitos de la novela negra.

Hoy voy a desmontar diez mitos de la novela negra. Aún a riesgo de que los puristas del género se me suban por las paredes, creo que hay algo que es conveniente distinguir. Novela negra no es lo mismo que novela negra. Y no, no me he dado un golpe en la cabeza ni tengo intención de volverte del revés con farragosas peroratas intelectuales. Nada de eso. Es mucho más sencillo. Verás.

Novela negra como género es un concepto totalmente diferente al término que acuñó allá por los años treinta el trío Hardboiled (Hammet, MacDonald y Chandler). Pero tendemos a confundirlo de la misma manera que solemos identificar a la novela negra con el subgénero policíaco a pesar de que en esta disciplina los subgéneros son múltiples y variados.

Por eso, hace unas semanas, cuando Ana Bolox defendía por aquí  que ella no escribe novela negra, se me rebelaron las pecas. ¡Eso no es así! Lo siento, Ana. Nein, nein. Ya sabes que no soy muy amiga de encarnizadas polémicas, pero frente a la apreciación (errónea en mi opinión a pesar de que luego lo matizó) de mi querida Ana, creo que es interesante aclarar unas cosillas y desmontar, ¿por qué no? algún que otro mito sobre el género negro que suele dar lugar a despistes y discusiones que, según mi criterio, son un sinsentido.

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Todos somos hijos de Gengis Kan. Los padres de la novela negra: Wilkie Collins

Hijos de Genghis Khan Wilkie Collins

Según algunas teorías que circulan por la red, hay una posibilidad muy alta de que todos seamos hijos de Genghis Khan, por lo que el 19 de marzo, quizá debiera ser el día del guerrero mongol. Quién sabe. En cualquier caso, lo que sí parece cierto es que somos el resultado de lo que nos precedió. Somos quienes somos debido a nuestros antepasados. Igual que en novela negra. No podríamos entender el género actual sin sus precursores.

En una de mis últimas visitas al trastero de mi madre encontré en una caja de cartón las lecturas que  había acumulado en la época del instituto. Con la nostalgia prendida en las córneas abrí una de ellas.  Esperaba localizar entre los títulos de las lecturas obligatorias unos cuantos clásicos de la Literatura, pero no contaba con encontrar entre todos ellos un ejemplar de La Piedra Lunar. Recordaba vagamente haberlo leído, pero no que en aquella época tuviera las habilidades necesarias para hacerlo en inglés porque ahora me veo totalmente incapaz de sumergirme en las páginas de la novela para poder disfrutarla. Es más, si me imagino leyéndola, evoco una imagen de mi misma muy poco halagüeña. Bolígrafo, cuaderno y Collins Pocket en ristre. En fin.

Este encuentro con mi  yo del pasado me dio que pensar en los padres de lo que hoy conocemos como novela negra, expresión que difiere bastante de lo que se acuñó como tal en los años treinta gracias al trío de autores hard boiled  Hammet, Chandler y MacDonald . Pero antes que la triada negra existieron otros tantos escritores que fueron los precursores del género y responsables de las novelas de misterio, las novelas enigma o las primeras policíacas.

Todos sabemos quién fue Poe (y si no lo sabes por favor, échale un vistazo a este pedazo de post que se marcó Jaume hace unos días) y también Conan Doyle gracias a su famosísimo Sherlock Holmes. Pero en la herencia genética de la novela negra actual hay ADN de ambos junto con los de Leroux, Leblanc, o Collins. Figuras igualmente importantes aunque que vaya usted a saber porqué, han pasado bastante más desapercibidas en el panorama literario. Uno de ellos, como te comentaba, es Wilkie Collins. ¿No lo conoces? Pongamos remedio.

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Una pausa criminal: Influencia del género negro en publicidad (7 spots)

En la última edición de Pamplona Negra asistí a una de las charlas más divertidas y sorprendentes de su andadura. Paco Bescós, escritor y creativo publicitario,  en su conferencia  “Una pausa para el crimen” nos demostró la influencia que tiene el género negro en la publicidad proyectando  un ramillete de spots muy amenos con los que consiguió que todos los asistentes fuéramos conscientes del efecto del género negro en el mundo publicitario.

Los estudios de marketing son claros. Pasamos más de tres horas diarias pegados a las pantallas de televisión, ordenador, móviles o tablets. Y esto ha condicionado nuestros hábitos de consumo. Tanto nuestro modus operandi como los productos. Y los publicistas lo saben. Conocen las altas audiencias de las series criminales y de misterio, nuestro gusto por los thrillers, etc. Por ello, basándose en las principales características del género negro, han conseguido crear spots impactantes, emocionantes, fáciles de recordar (y de asociar al producto por esas cosas del binomio fantástico), creativos y generalmente llenos de humor. Una llamada emocional instintiva que funciona.

Como ejemplo, hoy te traigo estos siete spots que se refieren a siete particularidades distintivas del género negro y que estoy segura de que te sorprenderán. ¿Quieres pasar un buen rato? ¡Vamos!

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8 de marzo: de víctimas a verdugos. Rompiendo estereotipos de ficción.

La violencia.


Sea o no ocho de marzo, el debate acerca de qué es y qué no es la novela negra siempre está abierto y es un rifirrafe bastante polémico, de esos que levanta ampollas allá por donde pasa. Aunque si hay algo que une a todas las voces y en lo que no hay duda es en que en la novela negra reside la violencia. Puede ser activa, directa, pasiva o indirecta, eso es cierto. Pero en todas ellas existe esta premisa. Y también hay algo innegable. Que la violencia no se ve ni se expresa igual en hombres y mujeres. Ni en la realidad ni en la ficción, donde la figura de la mujer comienza a cambiar. De víctima a verdugo.

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Menos sangre que un limaco. Esos personajes sin arco dramático.

Los humanos somos una especie emocional. Criaturas que experimentan y responden a la emoción de forma visceral. Es lo que nos conecta, lo que genera empatía y nos lleva a reaccionar tanto de forma positiva como negativa frente a los demás. Por eso los personajes principales de las novelas y películas son suelen ser proactivos. Actúan y sufren conflictos —internos y externos— que les llevan a transformarse. Al menos eso es lo que espero encontrar en un protagonista al leer un libro o ver una película.

 

¿Tú también? Supongo que sí. Porque no nos engañemos, nos gusta ver sufrir a los personajes, aunque también queremos ver como superan sus obstáculos. Vivimos con ellos una especie de catarsis, de terapia improvisada que nos prepara psicológicamente para enfrentarnos a nuestras propias dudas, miedos, defectos y remordimientos.

 

Ese cambio en el personaje es lo que en literatura se denomina el arco dramático. Es el responsable de que empaticemos con la historia y el protagonista, y como te decía, lo que esperamos encontrar en las novelas la gran mayoría de lectores.  Pero a veces esa magia sencillamente no ocurre. De hecho en estas últimas semanas me ha sucedido en dos ocasiones. Con un libro y también con un thriller: Toda una vida de Robert Seethaler y Tres anuncios en las afueras de Martin McDonagh. En ambas ocasiones el personaje principal me ha noqueado porque no tiene un desarrollo emocional y psicológico de transformación. Y sin embargo, ambos productos tienen una repercusión tremenda (no hay más que ver la lista de “oscarizables” para el cuatro de marzo o las entusiastas reseñas del libro).

 

Así las cosas, puse la centrifugadora en marcha. ¿Por qué unos personajes que no mutan, que no se transforman gustan tanto? Puede que cada ejemplo responda a una de las dos caras de la misma moneda.

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