Alguien tiene que hacerlo

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Mirillera negrocriminal

A Petra aún le escuece la palabra con la que su hijo se dirigió a ella el último domingo. Mirillera. Cuando él se lo dijo sintió una bola de fuego que la incendiaba por dentro. Pero si no llega a ser por ella, a Don Fulgencio lo hubieran dejado durmiendo la siesta eterna en el segundo B. Todos los vecinos estaban de vacaciones y nadie había echado en falta al anciano ni notó olor alguno excepto ella. Por eso llamó a sus hijos. Unos desagradecidos según Don Fulgencio. Ni tiempo para visitarle sacaban de mes en mes. Llegaron unas horas después de su llamada y ni siquiera la avisaron. Se enteró de todo, o más bien lo imaginó, detrás de la mirilla. 

Llegó la policía y un par de señores muy serios y trajeados. Un trajín incesante de gente vestida con buzos y calzas blancas. Pobre Don Fulgencio. Tan pulcro, tan amable y exquisito para terminar así, sin más compañía que su adorada colección de sellos. Ni un detalle en la prensa, ni misa, ni esquelas. Qué tristeza. Los ojos de Petra se llenaron de lágrimas al tiempo que escuchaba un ruido en el rellano.

Mirillera. La misma palabra volvió a su mente pero en este caso fue más fuerte la curiosidad que la rabia. Arrastró las pantuflas por el parqué desgastado para no hacer ruido y se apostó tras la puerta de entrada. Otra vez. Buzos blancos y calzas. ¿Qué estaban buscando? ¿Quizá la muerte de Don Fulgencio no fue natural? La imaginación floreciente de la anciana imaginó un abanico de escenarios dramáticos dentro de la vivienda. Y también los diálogos que mantendría con la Policía Científica, su Paco le había dicho que eran ellos los que se encargaban de estas cosas. Les diría que Don Fulgencio vivía solo, que ella no sabía si frecuentaba compañías femeninas aunque creía que no, porque era un hombre intachable, de los de antes. Enumeró mentalmente cuántos días hacía desde que lo vio por última vez y se acercó a la puerta de entrada. Ya se imaginaba como testigo principal en la declaración. Se atusó los rizos y se asomó a la mirilla de nuevo. Vio que, además de los buzos blancos, se había añadido una persona más al grupo. En su uniforme, camisa fucsia y pantalón caqui, mostraba un icono y el nombre de una empresa: Argia, limpiezas traumáticas. Petra se separó de golpe de la puerta de entrada. Claro, alguien tenía que encargarse de limpiar la casa, el escenario, el polvo de las huellas… Alguien tenía que hacerlo.

Alguien tiene que hacerlo


Hace años decidí renunciar a la televisión. No me aportaba gran cosa y sin embargo, me robaba horas como un agujero negro del tiempo, así que desde hace ya mucho no suelo encender la caja tonta nada más que para ver series o documentales que merezcan la pena. La excepción a la norma son unos diez o quince minutos por la noche, cuando llega a casa El Jefe y comparto con él ese ratito frente al televisor.

Cada noche, de lunes a viernes, mientras nos ponemos al día, vemos un programa de entretenimiento en el que se hacen experimentos a cargo de algunos colaboradores y que suele terminar siempre de la misma forma: con el plató lleno de porquería. El Jefe y yo siempre hacemos la misma reflexión: ¡pobre personal de limpieza! Pero, claro, alguien tiene que hacerlo ¿no?

Y al hilo de esta reflexión yo me hago una pregunta. ¿En el caso de un crimen, quién limpia el escenario? ¿Puede hacerlo una empresa de limpieza normal o hay un equipo específico para estas labores? ¿Te lo has preguntado alguna vez? Bien, pues sí que existe algo llamado equipo de limpiezas traumáticas e incluyen la limpieza de fallecimientos desatendidos, suicidios y homicidios.

Las limpiezas traumáticas


Antiguamente, era la familia quien se encargaba de adecentar el lugar en el que había fallecido la víctima. En algunos casos incluso las pólizas funerarias incluían alguno de estos servicios. Pero una limpieza  de estas características (por fallecimiento, muerte, suicidio u homicidio, según la situación del descubrimiento del cuerpo o las circunstancias de la muerte), puede requerir de una actuación más profunda que la que puede procurar la familia o los servicios comunes de limpieza.

En ocasiones, desde que ocurre la muerte hasta que esta se descubre pasan semanas o meses y es habitual que en el lugar de la defunción haya fluidos y restos biológicos, gérmenes, virus e insectos que suponen un riesgo sobre la salud. En estos casos es indispensable la desinfección de los lugares afectados e incluso de la vivienda al completo (por causa del olor desagradable que puede haberse extendido).

Vestidos para la ocasión.


Botas de hierro, mascarillas, guantes, calzas y buzos blancos son sus vestimentas para limpiar los escenarios de homicidios involuntarios, crímenes o suicidios. Un trabajo duro tanto a nivel físico como psicológico; tan difícil es limpiar restos biológicos como impactante puede ser la imagen del lugar e imaginar qué y cómo pasó. Es necesario tener unas herramientas emocionales estables para lidiar con la parte menos amable de la vida, para aceptar y saber separar la faceta laboral de la personal porque es inevitable que ante la visión de estos escenarios surjan replanteamientos vitales.

Cómo actúan


Cuando hay una muerte tras la que existe una investigación, el equipo debe esperar a que la policía de permiso y desprecinte el lugar. Después de eso, el primer paso consiste en aplicar un tratamiento de choque mediante cargas de ozono para higienizar la habitación, casa, etc. Si es necesario también se realiza la fumigación del lugar para eliminar larvas e insectos y evitar la propagación por tuberías hacia otras habitaciones o viviendas contiguas. 

Posteriormente se retiran los fluidos biológicos principales, los muebles y enseres afectados, se envasan correctamente en unos contenedores específicos y se entregan para su retirada a las plantas de reciclaje o incineración. Una vez concluido este paso, se procede a la limpieza más exhaustiva (rastros de sangre, etc) con productos y personal especializado y cualificado. Para ello los trabajadores reciben formación acerca de infecciones, descomposición de residuos orgánicos y evolución de fluidos así como los productos específicos que deben utilizar para higienizar y desinfectar las superficies.

Por último, para terminar la labor, se realiza nuevamente un tratamiento con ozono para que el olor desaparezca por completo.

El sombrero y una última petición


Pues sí, ante estos trabajos yo me quito el sombrero y lo que haga falta. Son las labores menos publicitadas alrededor de un crimen y las más sufridas. No sé si yo sería capaz de lidiar con estos escenarios día sí, día no. ¿Y tú? ¿Te habías planteado alguna vez quién limpia el escenario de un crimen? 

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