A la tercera va la vencida: True crime

Me llaman la atención los true crime, no o voy a negar. Casos reales en los que las reglas o la casualidad hacen que se resuelvan los crímenes con mayor o menor celeridad y acierto. Esos en los que la realidad supera con creces cualquier invención del cerebro más retorcido y privilegiado de la literatura (si, acertaste, en este momento estoy pensando en S. King).

Si en la pasada entrega de la escena del crimen te hablé de un caso en el que las pruebas de ADN volvieron locos a los investigadores, hoy te traigo un caso que a punto estuvo de quedar impune debido a que, al otro lado del charco, no es posible juzgar dos veces a una persona por el mismo delito. Veinticinco años de espera para que la justicia se cumpliera. Casi nada.

Pero no te adelanto más. Entremos en faena.

Mayo de 1985, Fort Bragg (Carolina del Norte)


Bob Seefeldt, sargento y habitante de Fort Bragg, la instalación militar más grande del mundo, pasa delante de la casa de sus vecinos, los Eastburn. Se sorprende porque el automóvil familiar y el cochecito de bebé continúan en el mismo lugar y posición en las que los había visto dos días atrás. También el correo se amontona sin orden alguno sobre el buzón. «Qué extraño» se dice. Muy raro.

Piensa que, aunque los Eastburn llevan separados un par de meses porque Gary estaba de maniobras militares en Alabama, nunca antes Katie había mostrado semejante dejadez. Es más, aunque Bob cree que Kate tenía motivos para proferir protestas o reproches por estar sola con tres niños pequeños y al cargo de todas las tareas del hogar, él nunca le había oído una queja. Sobrellevaba todos sus quehaceres con una sonrisa en los labios y una pequeña ayuda de Julie Czerniak, la niñera que había contratado por horas. Katie era muy minuciosa en todo lo que de ella dependía; incluso le había buscado un hogar de acogida a su perrita Dixie porque ella no podía cuidarla como creía que merecía la mascota familiar.

Por eso Bob, extrañado, llamó a Julie, la niñera. Y por eso se acercaron a las ventanas. No querían fisgonear, pero lo que vieron les dejó casi sin aliento. Janna, la más pequeña de la familia lloraba sobre su cuna y extendía sus brazos hacia ellos. Se temieron lo peor.

Cuando llegó la policía solo pudo certificar lo que Bob ya sospechaba. La única superviviente de la familia a excepción de Gary, era Janna, la bebé de ventiún meses que, gravemente deshidratada, mostraba entre llantos sus pequeños dientes ennegrecidos.

Los investigadores realizaron todas las pruebas pertinentes. Buscaron huellas, fibras e incluso recogieron toda clase de muestras del lugar del crimen. Pero en 1985 las pruebas de ADN todavía no se utilizaban en las investigaciones criminales. Así que la línea de investigación se centró en las declaraciones de vecinos y testigos.

Según los indicios encontrados en la escena del crimen, todo parecía indicar que el asesinato principal fue el de Katie y que el móvil había sido sexual. Dedujeron entonces que debían buscar un hombre.

True crime: Los sospechosos


Pero la investigación del entorno cercano de las víctimas les deparó una sorpresa. Julie Czerniak, la niñera, mantenía una relación por carta con Jeffrey MacDonald, un militar a la espera de ser juzgado por los asesinatos de su esposa e hijos. ¿Sería él el asesino de los Eastburn? Lo cierto era que la familia MacDonald en el momento de los asesinatos también vivía en Fort Bragg; eso y que en ambas familias mataron a los niños y violaron a las mujeres antes de degollarlas. Esos parecían ser los únicos puntos en común sin que hubiera evidencias de que algo más conectase ambos casos. La policía tuvo que abandonar esa hipótesis y centrarse en otra línea de investigación.

Patrick Cone, novio de una vecina que vivía en la misma calle que los Eastburn, dio un nuevo giro al caso. Según declaró a la policía, cuando el jueves anterior salió de madrugada de la casa de su novia se cruzó con un hombre que le dirigió una frase antes de dejar en el maletero de su coche blanco una bolsa. Patrick recordaba sus palabras:  pues si que comienzo pronto esta mañana y también su aspecto. Casi al mismo tiempo en el que Patrick les proporcionaba una nueva vía de investigación, la policía encontró  un anuncio clasificado en el periódico de Fort Bragg. Katie buscaba un buen hogar para Dixie, la mascota familiar. La policía contactó con el periódico y puso a trabajar a su dibujante de inmediato. En un par de horas, y según la descripción de Patrick, el retrato robot de aquel hombre llenó las páginas e imágenes de todos los medios de comunicación.

El hombre se llamaba Tim Hennis y respondió a la llamada de la policía con total tranquilidad. Contestó a todas las preguntas voluntariamente e incluso se prestó a dejar pruebas de cabello, sangre y semen. Además, no solicitó la ayuda de ningún abogado. Reconoció haber contestado al anuncio de Katie y también admitió que había acordado con ella que probaría a tener durante unos días a Dixie en su casa, para saber si la mascota encajaba con su familia. Dijo que nunca entró en la residencia de los Eastburn, que Katie salió a la puerta con el perro, que el lo recogió y se fue.

Tim fue excluido como sospechoso.

Días más tarde, de madrugada, alguien utilizó la tarjeta de Katie en un cajero automático para extraer trescientos dólares. ¡De nuevo un cabo del que tirar! La suerte parecía estar del lado de los investigadores. Aunque en 1985 los cajeros no disponían de cámaras de seguridad, una vecina que padecía insomnio pudo darles una descripción del hombre que ella había visto desde su ventana. Un hombre alto y rubio. La policía no daba crédito. El dibujante les entregó el retrato de Tim Hennis. Esa misma noche lo arrestaron.

 

Primer juicio. Culpable.


Detuvieron a Hennis basándose en el testimonio de la testigo y en el de Patrick Cone. En el juicio, se demostró que la noche en que Katie y sus hijas fueron asesinadas, la esposa de Tim, junto a su hija pequeña de año y medio de edad, le había abandonado. Aquella misma noche, Hennis recurrió al cariño de una antigua novia, pero también ella lo rechazó.

En su favor, Hennis únicamente alegó que era cierto, que su mujer lo había abandonado y que tras volver de casa de su ex – novia, cenó, vio un programa en la televisión y se fue a la cama.

El jurado, a la vista de la crueldad de las imágenes de la escena del crimen y persuadidos por los razonamientos del fiscal, emitió un veredicto de culpabilidad y Hennis fue condenado a muerte.

Segundo juicio. Inocente.


Sin embargo, dos años después de su ingreso a la cárcel de Raleigh, en un giro inesperado de los acontecimientos, la condena se anuló. El abogado de Tim, gracias a otro testigo, encontró a un viandante que, en la misma fecha y hora en que Patrick Cone había establecido la presencia de Tim Hennis alrededor de la casa de los Eastburn, también paseaba por aquellas calles. El hombre era tan parecido a Hennis que cualquiera hubiera apostado a que ambos eran hermanos gemelos. El abogado defensor insistió en que todas las pruebas que, según la fiscalía, inculpaban a su defendido, eran circunstanciales. También sostuvo que el fiscal había utilizado tácticas poco honradas para influenciar al jurado y conseguir la condena. La duda razonable se impuso. Hennis salió de la cárcel y volvió a su puesto de sargento mayor.

El caso se archivó.

A la tercera va la vencida.


En 2006, un detective se interesó por el caso. Encontró las muestras de ADN que fueron recogidas del cuerpo de Katie y decidió enviarlas al laboratorio de criminalística. Gracias a todas las pruebas recogidas en 1985 no hubo dudas. El asesino ya tenía cara y nombre: Tim Hennis.

Pero ahora existía otro problema. En Estados Unidos se prohíbe que un acusado sea enjuiciado dos veces por un mismo delito. Non bis in idem. Entonces, ¿la muerte de Cara, Erin y Katie quedaría impune?¿Cómo podían impedirlo? Afortunadamente encontraron la manera. El ejército. Se considera que tiene poder soberano y puede realizar juicios.

Así, a pesar de que en 2004 Tim Hennis se había retirado, sus superiores le ordenaron volver al servicio activo para poder aplicarle un consejo de guerra. No fue un juicio fácil. Hennis admitió haber mantenido relaciones con Katie pero sostuvo que fueron consentidas y que no había querido contarlo por respeto a la familia, para no hacerles más daño. Insistió en que hubo otras personas que pudieron cometer el asesinato, como demostró veinte años atrás su anterior abogado, pero el jurado militar rechazó sus argumentos.

En abril de 2010, veinticinco años después del triple asesinato, Hennis fue declarado culpable.

En la actualidad.


Casos como este true crime me hacen pensar.  Mucho. Mi cabeza centrifuga a mil doscientas revoluciones. Leo procesos como el de Pablo Ibar y me pregunto por los juicios, la justicia y la validez de las pruebas en la actualidad y en el futuro. ¿Hasta qué punto podemos estar seguros hoy en día de que no se encarcela a un inocente o se deja libre a un asesino? ¿Por qué hay indicios que no se consideran certeros a pesar de la fiabilidad que supuestamente tienen (ADN) para demostrar su implicación o desvinculación con los hechos? ¿Habrá alguna fórmula en el futuro que pueda establecer con garantías quién debe estar detrás de las rejas?

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