Menos sangre que un limaco. Esos personajes sin arco dramático.

Los humanos somos una especie emocional. Criaturas que experimentan y responden a la emoción de forma visceral. Es lo que nos conecta, lo que genera empatía y nos lleva a reaccionar tanto de forma positiva como negativa frente a los demás. Por eso los personajes principales de las novelas y películas son suelen ser proactivos. Actúan y sufren conflictos —internos y externos— que les llevan a transformarse. Al menos eso es lo que espero encontrar en un protagonista al leer un libro o ver una película.

 

¿Tú también? Supongo que sí. Porque no nos engañemos, nos gusta ver sufrir a los personajes, aunque también queremos ver como superan sus obstáculos. Vivimos con ellos una especie de catarsis, de terapia improvisada que nos prepara psicológicamente para enfrentarnos a nuestras propias dudas, miedos, defectos y remordimientos.

 

Ese cambio en el personaje es lo que en literatura se denomina el arco dramático. Es el responsable de que empaticemos con la historia y el protagonista, y como te decía, lo que esperamos encontrar en las novelas la gran mayoría de lectores.  Pero a veces esa magia sencillamente no ocurre. De hecho en estas últimas semanas me ha sucedido en dos ocasiones. Con un libro y también con un thriller: Toda una vida de Robert Seethaler y Tres anuncios en las afueras de Martin McDonagh. En ambas ocasiones el personaje principal me ha noqueado porque no tiene un desarrollo emocional y psicológico de transformación. Y sin embargo, ambos productos tienen una repercusión tremenda (no hay más que ver la lista de “oscarizables” para el cuatro de marzo o las entusiastas reseñas del libro).

 

Así las cosas, puse la centrifugadora en marcha. ¿Por qué unos personajes que no mutan, que no se transforman gustan tanto? Puede que cada ejemplo responda a una de las dos caras de la misma moneda.

 

La cara: Toda una vida


Esta no es una novela negra, ya sabes que leo de todo porque no solo de noir vive el hombre, como te dije aquí. Este “Toda una vida” fue la lectura propuesta para el club deborahdor de este mes. Aunque no pude acudir a la reunión por un asunto inesperado de confluencia planetaria, lo leí. Y como a Katixa, cuando volví la última página del libro se me quedó cara de interrogante.

Sábado. Confluencia planetaria. Evento deportivo – futbolero, reunión gastro – familiar y evento religioso – funerario. Todo en el espacio de unas horas. ¿Llegar al club de lectura? Misión imposible.

 

La novela tiene sus cosas buenas, no te diré que no. Es una lectura ágil y sencilla (son unas ciento cincuenta páginas) y su vocabulario es natural. La novela hace un repaso de la vida en Alemania durante el siglo XX a través de los ojos de Andreas Egger. Y ahí llega el problema. ¿Por qué? Porque su protagonista tiene menos sangre que un limaco. Le suceden mil calamidades y, probablemente por eso, como lectora sientes cierta empatía, pero es un personaje pasivo casi en su totalidad. A excepción de cinco momentos contados durante toda la novela, durante el resto del libro, Egger es únicamente el receptor de cuanto sucede. Un espectador casi indiferente, además.

 

Entonces, ¿qué razones existen para que esta novela se haya traducido a más de treinta idiomas, se haya llevado tantos premios (nominada al Man Booker Internaciona Prize y libro del año 2014 en Alemania) y cuente con la aceptación del público? ¿Estaré equivocada en mis percepciones? ¿Será que me he insensibilizado ante los nuevos recursos narrativos? ¿Se me está endureciendo tanto la piel? ¿O es que están cambiando los gustos de los lectores y ahora no es relevante que el personaje sufra una transformación personal? Aún sin resolver esta duda, llegó otro ejemplo para abundar todavía más en mi perplejidad.

 

 

La cruz: Tres anuncios en las afueras.


Un thriller apasionante, me dijeron. «¡Alla voy!», pensé. Pero terminó la película y, nuevamente, me quedé con cara de interrogante. Reconozco los méritos argumentativos de la cinta y la estupenda interpretación de Frances McDormand y Woody Harrelson en particular (a Sam Rockwell no soy capaz de verlo en otro registro diferente al de la Milla Verde, no hay papel que no me lo recuerde), pero el problema es que la acción pivota alrededor de la protagonista. Un personaje sin recorrido.

Mildred Hayes es fuerte, inteligente, una madre destrozada por el asesinato de su hija. Una mujer que puede mostrarse cruel o tierno como demuestra la escena del insecto casi al inicio de la película. Una protagonista de la que esperaba un crecimiento personal, una transformación. Y de nuevo no fue así. Aunque en este caso el error de apreciación fue mío. Lo descubrí días después, cuando las imágenes de la película volvieron a mi mente con efecto boomerang. Reconocí cuál era el papel real de la protagonista—del que no había sido consciente hasta ese momento—dentro de la historia. Mildred es importante y no por ser la protagonista—que también—, sino porque es el detonador y catalizador (con la ayuda de la carta del sheriff) del cambio de los demás personajes. Ella incita, actúa y acepta las reacciones que provocan sus acciones. Pero Mildred es la misma persona al inicio y al final de la película.

 

Ahí si le reconozco el mérito al inexistente arco dramático de la protagonista, porque ella es uno de los motivos principales del cambio de uno de los personajes. Para más señas el cambio es positivo, of course, que a la Academia estas cosas le gustan mucho. Aunque, en mi opinión, esa evolución del personaje sea algo forzada y superficial. Por eso me atrevo a adivinar que la réplica dorada del tío Oscar va a tener un lugar destacado en las estanterías de Frances McDormand.

 

¿Y tú, has leído a Seethaler?¿Y la película, la has visto? Me encantaría conocer tu opinión respecto a los protagonistas de ambas. ¿Tienes algún otro ejemplo de personajes que te hayan dejado fría? Me gustaría conocer tus impresiones, por favor.¿Te animas y me las cuentas?

Lee. Disfruta. Cuéntame.

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