Yo, de mayor, quiero ser Sherlock Holmes: El método.

“Con tanta novela se te van a derretir los sesos como al Quijote.” Quién no haya escuchado algo parecido en su vida, que levante la mano. Ehmmm, bueno, igual no te lo han dicho así, pero seguro que en alguna ocasión alguien ha puesto en tela de juicio tus ávidas motivaciones lectoras. Pues ha llegado el momento de dejarles a todos calladitos porque te traigo algo especial. ¿Qué tal si pudieras aplicar el método inductivo – deductivo de Holmes en tu día a día?

Emular a nuestros personajes favoritos. ¿Por qué no? Hay muchos protagonistas interesantes en el panorama literario, pero para mí, ninguno como Sherlock. Y atendiendo a las réplicas de este personaje en multitud de series y novelas (House, Monk, El cabo Holmes, etc) creo que acierto si digo que no soy la única que le profesa admiración. Pero, ¿por qué resulta un personaje tan atractivo y fascinante pese a sus adicciones y modos poco afables?  Y es más, ¿podríamos ser capaces de emularlo en la vida real? No solo para descubrir quién se terminó el fuet, sino para realizar deducciones fiables en nuestro día a día que nos ayuden a tomar mejores decisiones; más racionales y alineadas con nuestros objetivos.

Pues eso es lo que te traigo hoy. Si. Y parece que funciona. Bueno, es cierto que aún tendrás que bregar con un pequeño sambenito, es posible que cargues con la etiqueta de persona algo excéntrica, pero para mí eso es peccata minuta. ¿No crees? Los beneficios son mayores.

Según Maria Konnikova y su libro “Cómo pensar como Sherlock Holmes”, es posible entrenar a tu cerebro para activar las capacidades de observación y deducción tan características del personaje. Tan solo hay que basarse en aumentar tres elementos: la percepción, el pensamiento crítico y las conexiones entre las ideas. ¿Sencillo? Puede,  pero no fácil.

Un ejemplo es el mejor modo de verlo claro. Hace unas semanas me llegó un vídeo escalofriante. Unos adolescentes intentaban utilizar un teléfono analógico antiguo, de los de rueda, y no atinaban. Eso me dio que pensar un par de cosillas. Punto número uno: qué mayor soy (argh) que dilatada experiencia vital tengo (ejem) y punto número dos: yo sé usar el teléfono súper analógico pero ¿por qué?¿Cómo me enfrentaría al desafío de hacerlo funcionar si fuera un objeto novedoso para mí? Nuestro amigo Holmes nos da la respuesta.

Observación


En primer lugar, tenemos que volver a la infancia por un momento. El motivo es que esa etapa de la vida supone un aumento de curiosidad, algo necesario para desarrollar la observación. Pero no vale fijarse a lo loco en cualquier cosa, no. Debe ser una atención centrada para discernir los pequeños detalles que generalmente  pasan desapercibidos. Entrenar esta acción implica mirarlo todo con ojos de niño, sentir curiosidad y enfocarnos únicamente en aquello que estamos observando.  Pero ojo, también son importantes otros requisitos como reducir la velocidad, buscar las discordancias, recopilar la información relevante y cierto escepticismo.

Tiene su lógica. Para poder hacer una buena observación tienes que hacerlo con tranquilidad, no se puede percibir algo con la atención trabajando a la velocidad de la luz. Es imposible. Por otra parte, tendemos a buscar hipótesis que reafirmen nuestras creencias, pero el método Holmes indica justo lo contrario. Tienes que buscar las incongruencias, porque son las que te darán la clave del asunto, y además, debes procurar aceptar la información de manera apropiada (suele llegar sesgada por cientos de filtros como experiencias anteriores, prejuicios, etc). Por eso es preciso el escepticismo del que te hablaba hace unas líneas, un poco de reflexión que ponga en jaque la credulidad natural de nuestra mente.

En el caso de nuestro teléfono, los adolescentes se acercan a él con curiosidad, incluso con recelo porque no saben qué pueden encontrar. Lo miran, lo remiran, y finalmente se atreven incluso a tocarlo.

Pensamiento crítico: creatividad e imaginación.


Si tuvieras que enfrentarte a un elemento o problema desconocido hasta el momento, ¿qué harías? Poner a trabajar la mente. Intentar conocer el asunto con la mayor profundidad posible, analizar toda esa información y razonar con lógica de manera crítica, ¿verdad?

Volviendo a nuestro extraño aparato de telefonía, piensa por un momento ¿Por qué sabes cómo se utiliza un teléfono antiguo? Porque comprendes el objeto y su funcionalidad (has visto cómo lo utilizan tus padres, etc). De toda la primera fase de observación, nuestros entusiastas muchachos han conseguido extraer una serie de ideas (hay que oírlos, que no tienen desperdicio) con las que elaborarán unas cuantas hipótesis.

¿Recuerdas aquel concurso de la televisión en el que la consigna era “esto sirve para”… y los concursantes enumeraban diferentes utilidades (diferentes a las habituales) de un objeto? Pues esto es algo parecido. Cualquier idea es válida. Es la conocida “lluvia de ideas”. No importa lo extrañas o locas que parezcan. Aunque creas que es un despropósito. Regístrala. Piensa que la solución provechosa a un asunto se encuentra cambiando la forma de proceder. Este es un momento creativo. Hay que innovar, acepta todas las ideas. Posteriormente  relacionarás todo lo que has sacado en claro con tus conocimientos y eso te permitirá establecer un filtro adecuado.

Establece conexiones y guarda la distancia adecuada.


¿Recuerdas el sambenito que te comentaba al principio? Si. Lo de cargar con la etiqueta de “persona excéntrica”. Bien. Pues ese apellido es gracias a esta última fase. Establecer conexiones que para otras personas son imperceptibles se consigue de manera un tanto peculiar ya que supone pensar de manera diferente. ¿Cómo? Estableciendo relaciones y conexiones mentales entre recuerdos y experiencias para solidificarlos en nuestra memoria y poder extraerlos en el momento preciso.

Un punto importante para poder tener unas vastas conexiones es ampliar los conocimientos a todo tipo de campos. La diversidad es básica, al igual que la codificación de la información que juzguemos importante (mediante mapas mentales por ejemplo). Eso nos ayudará también a no pensar de manera lineal. El quid de la cuestión reside en combinar nuestros recuerdos y experiencias, sin que eso limite nuestras deducciones a lo conocido, para obtener una nueva idea, más creativa y alineada con el problema que intentamos resolver.

Y el mejor método para lograr unos buenos resultados es mantener la objetividad, cosa difícil en tanto el asunto sea cercano. Por eso la propuesta es guardar distancia realizando una actividad totalmente diferente al problema que tratamos de solucionar o ver el problema desde otro punto de vista, como si fuera el asunto de otra persona,  desde fuera.

En el vídeo del teléfono, este momento está muy claro. Su referencia son los móviles de última generación, por eso tratan inútilmente de llamar. Las conexiones de sus recuerdos y experiencias les animan a marcar el número y descolgar después. Sin embargo, esa referencia es también su sesgo ya que les resulta una acción limitante en la que caen una y otra vez. Si consiguen superar esa forma de actuar y se abren a nuevas opciones, es posible, pero solo posible, que logren establecer contacto…

Si quieres ver el vídeo completo, pincha aquí.

Ring, ring. ¿Aló? ¿Te ha parecido curioso?¿Te animas a utilizar el método Holmes en tu día a día? Cuéntamelo por favor.  Y además te pido una cosilla, si consideras que el artículo es interesante, me harías un gran favor compartiéndolo. Muchas gracias.

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El Santo Grial del suspense: el terrible incidente de la tía Pepi.

Santo Grial

Noticia bomba. Ya está. Lo he descubierto. Sé sin lugar a dudas cuál es el Santo Grial del suspense; el recurso narrativo más efectivo en las novelas criminales y los thrillers. Y no, no ha sido por leer ningún sesudo manual literario. Qué va. Ha sido un momento “ahá” de lo más mundano. Verás.

Como lectora, una de las cosas que más me gustan de las novelas negras y thrillers es el suspense. Me fascina como con unas sencillas palabras los autores consiguen que te mantengas pegada a la silla y con el corazón en un puño. Agatha Christie, Mary Higgins Clarck, y por supuesto el mago del suspense Stephen King son excepcionales creadores de intriga. ¿A quién no le ha sorprendido la madrugada leyendo una novela con esa sensación de angustia y empatía mientras piensas “solo un capítulo más y lo dejo”? Exacto.

Pero es un recurso difícil porque si no se utiliza bien el resultado es el “efecto pedorreta”. Bueno, o el de “sonido de globo deshinchándose” si te gusta más. Te ha pasado ¿verdad? La novela promete tanto… A cada página la trama se enreda, el protagonista sufre más, las expectativas son cada vez más altas…Y llega el final: decepcionante. Qué pena y qué rabia. Una explicación demasiado inverosímil, un personaje que actúa de forma impropia respecto a su devenir en la novela, o ¡lo peor de todo! Un Deux ex machina. Horror de horrores.

Siempre me he preguntado cómo será posible identificar qué funciona y cuándo utilizarlo en una historia para que el interés y la intriga vayan in crescendo hasta el final. Y, como te decía al comienzo, lo he descubierto. Este mismo fin de semana, unos minutos antes de la comida familiar.

Las previsiones ya anunciaban un fin de semana pasado por agua así que el plan de comida familiar y sobremesa relajada al calor de una buena conversación parecía una buena idea. Lo que nunca imaginé era que en tan solo unos minutos todo mi mundo fuera a cambiar por encontrar una revelación inesperada (igual me he venido arriba y es algo menos impactante, pero es que hoy estoy un poco dramática, qué le voy a hacer). Y menos que este descubrimiento llegase de una persona que a priori no tiene inquietudes literarias más allá de la lectura puntual de alguna novela cada cierto tiempo.

A lo que iba. Hace tan solo unos días he vivido ese momento “ahá” que te descoloca y te descubre algo tan importante como decisivo para ti. Venga, va, no te hago esperar más.

Te lo cuento momento a momento.

 Momento emboscada: la calma que precede a la incertidumbre


Este es el periodo previo al acontecimiento principal. Es un momento muy importante para crear suspense porque es un instante en el que el ambiente es decisivo. El lector tiene que estar in albis, sereno, confiado… vamos, lo que viene siendo en la inopia para que cuando llegue el momento adecuado, el efecto del suceso sea mucho más impactante, poderoso y eficaz. Si no lo ves venir, la sorpresa puede ser mayúscula ¿cierto?

Por fin es sábado y llueve en Mordor (¿Cómo no? Si aquí hace mal tiempo un día sí y otro…también).Llegas a casa de tu madre. Te recibe con esa hospitalidad amorosa y entrañable de la que siempre hace gala y te dice que aún le quedan un par de cositas por preparar (conociéndola es fácil que haya preparado comida como para un ejército) y que mientras tanto podéis esperar un poquito en el salón. Todos menos tú, porque te suelta un “¿me acompañas, cariño?” que eres incapaz de rechazar.

Así que allá vas, tras las zapatillas de felpa de tu madre (esas que a pesar de los años siguen estando en perfectas condiciones y sobre las que te surgen mil dudas del tipo ¿encargó un palé entero del mismo modelo y color hace décadas o es que solo se las pone cuando venimos a comer a su casa?). Entras en la cocina y una vaharada de calor y aromas deliciosos embriagan tus sentidos atontándote un poquito.

Ella entra decicida en la cocina y separa una silla. Con un gesto amable te anima a sentarte. Incluso te acerca el periódico del día y tú, ingenua y confiada, comienzas a pasar las páginas leyendo los titulares. Entonces. Es entonces cuando ella suelta la pregunta que da comienzo a todo el periplo posterior.

Momento crucial: Sorpresa y presagio


Ese instante en el que con pocas palabras el escritor te hace la promesa de que algo va a ocurrir. Quizá sea este punto el momento más importante de la novela. Porque es el que va a hacer que decidas si quieres continuar con la lectura, si lo que te propone el autor te intriga tanto como para no soltar el libro. Sabes que algo terrible va a suceder, algo que excita tu curiosidad. Y para ello el autor deja entrever un fragmento de información interesante pero que solo insinúa lo que podría suceder. Así que el lector comienza a elucubrar sus teorías.

—Uy, chica, ¡qué tremendo lo de la tía Pepi! ¿Verdad?

Y tú, que hasta ese momento eras feliz viviendo en la inopia, pones cara de interrogante, parpadeas varias veces y sostienes en alto la última página del periódico que vas a leer (aunque aún quizás ni lo sabes). Ella ve tu expresión de total desconocimiento y te da una pista más. Pequeñita, pero jugosa.

—Si, mujer, la tía Pepi, que ha estado ingresada. Anda que parecía una tontería y ya ves, un par de días hasta que la controlaron.

—¿Que la controlaron?¿Pero qué le ha pasado? No sabía nada.

—Ya, claro, ¿qué vas a saber? Yo, si no hubiera sido por la Paca y la Concha que pasaron ayer por la mercería seguro que no me hubiera enterado. Pues buena es la Pepi, con tal de no molestar. Ya sabes, igualita igualita que tu tío Antonio.

Momento subtrama o cortina de humo


Justo cuando el lector espera más información, el escritor juega con sus ilusiones y pospone la profundización en el asunto desviando la atención hacia otro lugar. Puede ser mediante la introducción de una subtrama, o de otro personaje, o mediante la inclusión de pistas falsas o redherrings.

Tu madre se gira hacia la encimera, empuña el cuchillo patatero y se pone a pelar los ajos mientras tú continúas a la espera de saber qué ha pasado con tu tía Pepi. Entonces se da la vuelta y te mira por encima de las gafas. Suspira y menea la cabeza al tiempo que pone los ojos en blanco.

—¿Qué?¿No te acuerdas? ¡Vaya memoria tienes, hija! Si, mujer. Se compró una televisión para Navidades. Una de esas nuevecitas, enorme como un campo de fútbol, plana y con no sé cuantas cosas de esas modernas y maravillosas. Vamos, que al aparato le faltaba hacerle la cena cuando llegase a casa. Un portento de cacharro, vaya. Que otra cosa te digo. No sé para qué se compró semejante chisme el tío Antonio, porque no tiene ni idea de usarlo.

Momento incertidumbre total


En este intervalo de la acción es imprescindible crear una duda o una amenaza que espolee la curiosidad del lector. Por supuesto, uno de los recursos más efectivos en este momento es el efecto Zeigarnik según el cual, si interrumpes una acción antes de finalizarla, quedará pendiente en tu mente hasta que concluya.

Tú, que continúas sentada a la mesa, ignorante y a la espera de saber qué pasó con tu tía Pepi esta semana intentas reconducir la conversación con una pregunta.

—Ehmm, si, pero ¿y la tía Pepi?¿Qué tiene que ver el tío Antonio con lo que le ha pasado?

—Ay, hija, que no te enteras de nada. . Acuérdate, chica. Estuvo más de un mes con la televisión nueva y apagada porque no sabía sintonizar los canales. Y por no molestar, no decía nada, el hombre.

Momento elipsis


 

Ah, la elipsis, esa omisión intencionada cuya intención es que nuestro cerebro lector siga haciéndose más y más preguntas. ¡Qué recurso más efectivo! El autor hace referencia al asunto pero no suelta prenda.

—Igual que la Pepi. ¡Es que son para echar de comer aparte! ¡Jesús que familia!

Momento final


Después de ese viaje en montaña rusa por los clímax y anticlímax de la lectura, de las cortinas de humo y pistas falsas, de esa elipsis criminal y del ambiente de incertidumbre generalizada, llega ahora sí, el momento de la resolución. Aquí es donde el autor se la juega. Si sabe hacerlo bien y cumple las expectativas creadas, el lector le hace la ola. Si no…Puede poner en jaque su carrera literaria (al menos con ese lector al que no le han convencido sus métodos).

—¿Pero mamá, me vas a contar qué le ha pasado a la tía Pepi de una vez?

—Ay, nada hija, que se le infectó un panadizo en el dedo gordo del pie izquierdo, pero por no decir nada aguantó tanto tiempo que cuando fue al ambulatorio ya tenía muy mala pinta. Y ella estaba con fiebre. Ya sabes que le pusieron medicación por lo del corazón, así que tuvieron que ingresarla para controlarla. Ha pasado dos días en el hospital, que ya tiene una edad y claro, entre las curas y sus pastillas, pues han querido tenerla vigilada. Pero nada, chica. Ya está estupenda. Ayer estuve viéndola. Cojea un poquillo, pero está estupenda.

Tu madre como si tal cosa, termina de saltear los ajos en el aceite y los saca a una salsera en la que previamente ha echado vinagre blanco. Merluza al horno al estilo Orio. Deliciosa. Apaga la placa y el horno y te dirige la más enorme de sus sonrisas.

—¿Qué, cariño, vamos a la mesa?


Real (o casi) como la vida misma. Suspense e intriga en estado puro al estilo #madrequecuentaunaanecdotaylahaceeterna.

¿Y a ti, te ha pasado algo parecido?¿Has tenido un momento “ahá” tan mundano como este que te ha desvelado algo importante? ¡Cuéntamelo, me encantaría saberlo! Como siempre, tienes los comentarios a tu disposición.

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Lo que es, es; y lo que no es, no es. Parménides de Elea y los mitos de la novela negra.

Hoy voy a desmontar diez mitos de la novela negra. Aún a riesgo de que los puristas del género se me suban por las paredes, creo que hay algo que es conveniente distinguir. Novela negra no es lo mismo que novela negra. Y no, no me he dado un golpe en la cabeza ni tengo intención de volverte del revés con farragosas peroratas intelectuales. Nada de eso. Es mucho más sencillo. Verás.

Novela negra como género es un concepto totalmente diferente al término que acuñó allá por los años treinta el trío Hardboiled (Hammet, MacDonald y Chandler). Pero tendemos a confundirlo de la misma manera que solemos identificar a la novela negra con el subgénero policíaco a pesar de que en esta disciplina los subgéneros son múltiples y variados.

Por eso, hace unas semanas, cuando Ana Bolox defendía por aquí  que ella no escribe novela negra, se me rebelaron las pecas. ¡Eso no es así! Lo siento, Ana. Nein, nein. Ya sabes que no soy muy amiga de encarnizadas polémicas, pero frente a la apreciación (errónea en mi opinión a pesar de que luego lo matizó) de mi querida Ana, creo que es interesante aclarar unas cosillas y desmontar, ¿por qué no? algún que otro mito sobre el género negro que suele dar lugar a despistes y discusiones que, según mi criterio, son un sinsentido.

“La novela negra..


Se mueve en ambientes urbanos, nunca rurales.


El origen de esta afirmación responde a otra época en la que los entornos rurales se relacionaban con un tipo de vida menos peligrosa, más bucólica e inocente. En contraposición con la ciudad, el entorno rural se entendía como un lugar seguro en el que sus habitantes eran gentes sencillas y pacificas. Los ambientes rurales eran espacios tranquilos en los que nunca podían ocurrir sucesos tan violentos como en la urbe.

Si bien es cierto que aún se hace difícil entender algunos tipos de narraciones (como las de grupos criminales específicos o amenazas mundiales) dentro de un entorno campestre, si que puedes encontrar estupendas ambientaciones rurales que dan el marco preciso a novelas negras tan buenas como Quien con fuego (Carlos Ollo) o El caso de la mano perdida (Fernando Roye).

Debe mostrar violencia física.


Maticemos. Una novela negra sin violencia es como un coche sin frenos. Carne de catástrofe. Esa historia no va a funcionar. La violencia es una característica  inseparable de la novela negra. Pero eso sí, ha cambiado. Donde antiguamente debía aparecer una pelea, un navajazo o un disparo, hoy en día puede haber mucho más. Si. Hablo de violencia psicológica, no solo física. Y también esta se refleja en la novela negra como por ejemplo en La caricia de Tánatos (Maria José Moreno) o en Lo que no se ve (Ana Cepeda) o Detrás de la Pistola (Cristina Grela).

Es cruda y en ella no tiene cabida el amor.


Mal que le pese a S.S Van Dine como ya comenté por aquí, hoy en día la novela negra también tiene su corazoncito y explora las diferentes formas de “amor” que hay en la sociedad. Desde el amor tóxico, hasta el romántico pasando por el condenable, el trágico, el pantanoso…

Atendiendo a todas estas opciones, verás que es fácil encontrar novelas negras en las que uno de sus hilos argumentales responda a una historia de amor como en la Trilogía de la ciudad blanca o la Serie Cestero de Ibon Martín.

Es racional, lo fantástico no está admitido.


Este es un principio admitido desde los orígenes de la novela negra y que ha funcionado sin fisuras hasta hace poco tiempo. De hecho la parte más purista sigue manteniendo este argumento como un puntal básico para entender el género. Pero atendiendo a la realidad, no podemos ignorar que con la globalización y la evolución de todos los géneros, también la novela negra está expuesta a maridajes anteriormente impensables. Como ejemplo puedes leer la Trilogía del Baztán (Dolores Redondo), donde el crimen convive con criaturas mitológicas y sobrenaturales como el Basajaun.

Desvela la resolución del crimen en las últimas páginas de la novela.


Esta es una afirmación que tiene su fundamento en el movimiento británico  Whodunit de los años 20-50 según el cual durante la novela se van concediendo pistas al lector para que pueda llegar a deducir la identidad del criminal (generalmente un asesino). Años después, sin embargo, surgieron otras tendencias como el Howdunit o el Whydunit, que se enfocaban en el modus operandi y en el motivo que tuvo el criminal para cometer el delito. En estos últimos casos, el interés no se centra en el asesino sino en las preguntas que rodean al crimen. Puedes encontrar un par de buenos ejemplos en Canción Dulce (Leila Slimani) o en Memento Mori (César Pérez Gellida).

Responde a una estructura concreta.


Con esto no me estoy refiriendo al consabido inicio, nudo y desenlace (que también), sino también al patrón genérico de asesino, sospechosos, víctima, pistas falsas, etc. La novela negra ha cambiado y con ella, las estructuras formales y de estilo también lo han hecho. Ahora el narrador ya no es siempre omnisciente ni el hilo temporal obedece exclusivamente al orden cronológico. Tampoco los diálogos tienen que seguir de forma impasible las reglas ni el lugar en el que transcurre la acción se aviene a la realidad pese a ser un espacio ficticio. Como consecuencia, las novelas negras que surgen del dinamitado de las reglas clásicas, suelen ser de lectura algo más trabajosa, pero igualmente son muy interesantes y como ejemplo puedes leer el último premio Hammet: Madrid: frontera (David Llorente).

Si hay un crimen, es novela negra.


Pues va a ser que no. Por mucho que las editoriales se empeñen en tildar de género negro algunas novelas únicamente porque entre sus páginas hay un crimen, no siempre es así. Para que una historia pueda considerarse dentro del género debe cumplir muchas más características ( y aquí es donde suele comenzar el conflicto). Sin querer entrar en consideraciones polémicas, me gustaría preguntarte ¿Consideras una novela negra a Crimen y Castigo, Los pilares de la tierra o El país bajo mi piel? En todas ellas hay crímenes, pero no por eso corresponden al género noir. Delinear el mapa de la novela negra es muy complicado y no seré yo quien establezca sus límites, pero como ya dije por aquí, en mi opinión no cabe que por motivos económicos o editoriales se introduzcan dentro del mismo grupo novelas que no comparten género.

Los motivos del criminal son amor, venganza o dinero.


También en esto han evolucionado los antagonistas de las novelas. Tradicionalmente, las motivaciones del criminal se podían englobar en estas tres categorías, pero hoy en día, a pesar de que estos tres impulsos continúan siendo válidos, no son las únicas razones por las que actúa el asesino. Y con esto no me refiero a que las causas de un asesinato estriben en los problemas psicológicos del criminal, sino a otro tipo de fundamentos, como por ejemplo la necesidad de trascender mediante el asesinato. Un ejemplo claro de esto es la primera parte de la Trilogía Versos Canciones y trocitos de carne (César Pérez Gellida).

Debe ser como una lija, tiene que molestar.


Si bien es cierto que una de las bases del género es reflejar la sociedad con intención de denuncia, hay que reconocer que dentro de la novela negra existe un subgénero llamado cozy en el que el sexo y la violencia se rebajan a la mínima expresión. En estas novelas, como puedes suponer, la denuncia social tampoco es una de las máximas, por lo que resultan lecturas de esparcimiento amable, sin más pretensión que entretener (y no es poco). Dentro de estas novelas negras se encuadran las tradicionales como La Piedra Lunar (Wilkie Collins) de la que hablé hace unos días aquí,  la serie de Miss Marple (Agatha Christie), y en nuestra época, las que escribe Ana Bolox. Tanto las de la señorita Starling como las de Carter &West. 

Es policial y conlleva una investigación.


Si bien es cierto que por costumbre se tiende a asociar la novela negra con el género policiaco, no deberíamos olvidar un pequeño matiz. Como afirmaba Marcelo Luján en sus talleres de la última edición de Pamplona Negra, en el país del género negro el policial es una provincia más. Es decir, un subgénero. Probablemente el más famoso y el que más recorrido le ha dado a estas novelas, pero no el único. Si necesitas un ejemplo, puedes leer los dos últimos premios Hammet: Subsuelo (Marcelo Luján) y Madrid: frontera (David Llorente). Con ellos se pone de manifiesto que la novela negra está en pleno proceso de cambio y que, además, es mucho más que una investigación policial.

 

Por todos estos motivos (en especial el número nueve), me atrevo a afirmar sin lugar a dudas que Ana Bolox sí escribe novela negra. ¿Estás de acuerdo? Me encantaría conocer tu opinión. Si te apetece puedes dármela en los comentarios.

 

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