Yo, de mayor, quiero ser Sherlock Holmes: El método.

“Con tanta novela se te van a derretir los sesos como al Quijote.” Quién no haya escuchado algo parecido en su vida, que levante la mano. Ehmmm, bueno, igual no te lo han dicho así, pero seguro que en alguna ocasión alguien ha puesto en tela de juicio tus ávidas motivaciones lectoras. Pues ha llegado el momento de dejarles a todos calladitos porque te traigo algo especial. ¿Qué tal si pudieras aplicar el método inductivo – deductivo de Holmes en tu día a día?

Emular a nuestros personajes favoritos. ¿Por qué no? Hay muchos protagonistas interesantes en el panorama literario, pero para mí, ninguno como Sherlock. Y atendiendo a las réplicas de este personaje en multitud de series y novelas (House, Monk, El cabo Holmes, etc) creo que acierto si digo que no soy la única que le profesa admiración. Pero, ¿por qué resulta un personaje tan atractivo y fascinante pese a sus adicciones y modos poco afables?  Y es más, ¿podríamos ser capaces de emularlo en la vida real? No solo para descubrir quién se terminó el fuet, sino para realizar deducciones fiables en nuestro día a día que nos ayuden a tomar mejores decisiones; más racionales y alineadas con nuestros objetivos.

Pues eso es lo que te traigo hoy. Si. Y parece que funciona. Bueno, es cierto que aún tendrás que bregar con un pequeño sambenito, es posible que cargues con la etiqueta de persona algo excéntrica, pero para mí eso es peccata minuta. ¿No crees? Los beneficios son mayores.

Según Maria Konnikova y su libro “Cómo pensar como Sherlock Holmes”, es posible entrenar a tu cerebro para activar las capacidades de observación y deducción tan características del personaje. Tan solo hay que basarse en aumentar tres elementos: la percepción, el pensamiento crítico y las conexiones entre las ideas. ¿Sencillo? Puede,  pero no fácil.

Un ejemplo es el mejor modo de verlo claro. Hace unas semanas me llegó un vídeo escalofriante. Unos adolescentes intentaban utilizar un teléfono analógico antiguo, de los de rueda, y no atinaban. Eso me dio que pensar un par de cosillas. Punto número uno: qué mayor soy (argh) que dilatada experiencia vital tengo (ejem) y punto número dos: yo sé usar el teléfono súper analógico pero ¿por qué?¿Cómo me enfrentaría al desafío de hacerlo funcionar si fuera un objeto novedoso para mí? Nuestro amigo Holmes nos da la respuesta.

Observación


En primer lugar, tenemos que volver a la infancia por un momento. El motivo es que esa etapa de la vida supone un aumento de curiosidad, algo necesario para desarrollar la observación. Pero no vale fijarse a lo loco en cualquier cosa, no. Debe ser una atención centrada para discernir los pequeños detalles que generalmente  pasan desapercibidos. Entrenar esta acción implica mirarlo todo con ojos de niño, sentir curiosidad y enfocarnos únicamente en aquello que estamos observando.  Pero ojo, también son importantes otros requisitos como reducir la velocidad, buscar las discordancias, recopilar la información relevante y cierto escepticismo.

Tiene su lógica. Para poder hacer una buena observación tienes que hacerlo con tranquilidad, no se puede percibir algo con la atención trabajando a la velocidad de la luz. Es imposible. Por otra parte, tendemos a buscar hipótesis que reafirmen nuestras creencias, pero el método Holmes indica justo lo contrario. Tienes que buscar las incongruencias, porque son las que te darán la clave del asunto, y además, debes procurar aceptar la información de manera apropiada (suele llegar sesgada por cientos de filtros como experiencias anteriores, prejuicios, etc). Por eso es preciso el escepticismo del que te hablaba hace unas líneas, un poco de reflexión que ponga en jaque la credulidad natural de nuestra mente.

En el caso de nuestro teléfono, los adolescentes se acercan a él con curiosidad, incluso con recelo porque no saben qué pueden encontrar. Lo miran, lo remiran, y finalmente se atreven incluso a tocarlo.

Pensamiento crítico: creatividad e imaginación.


Si tuvieras que enfrentarte a un elemento o problema desconocido hasta el momento, ¿qué harías? Poner a trabajar la mente. Intentar conocer el asunto con la mayor profundidad posible, analizar toda esa información y razonar con lógica de manera crítica, ¿verdad?

Volviendo a nuestro extraño aparato de telefonía, piensa por un momento ¿Por qué sabes cómo se utiliza un teléfono antiguo? Porque comprendes el objeto y su funcionalidad (has visto cómo lo utilizan tus padres, etc). De toda la primera fase de observación, nuestros entusiastas muchachos han conseguido extraer una serie de ideas (hay que oírlos, que no tienen desperdicio) con las que elaborarán unas cuantas hipótesis.

¿Recuerdas aquel concurso de la televisión en el que la consigna era “esto sirve para”… y los concursantes enumeraban diferentes utilidades (diferentes a las habituales) de un objeto? Pues esto es algo parecido. Cualquier idea es válida. Es la conocida “lluvia de ideas”. No importa lo extrañas o locas que parezcan. Aunque creas que es un despropósito. Regístrala. Piensa que la solución provechosa a un asunto se encuentra cambiando la forma de proceder. Este es un momento creativo. Hay que innovar, acepta todas las ideas. Posteriormente  relacionarás todo lo que has sacado en claro con tus conocimientos y eso te permitirá establecer un filtro adecuado.

Establece conexiones y guarda la distancia adecuada.


¿Recuerdas el sambenito que te comentaba al principio? Si. Lo de cargar con la etiqueta de “persona excéntrica”. Bien. Pues ese apellido es gracias a esta última fase. Establecer conexiones que para otras personas son imperceptibles se consigue de manera un tanto peculiar ya que supone pensar de manera diferente. ¿Cómo? Estableciendo relaciones y conexiones mentales entre recuerdos y experiencias para solidificarlos en nuestra memoria y poder extraerlos en el momento preciso.

Un punto importante para poder tener unas vastas conexiones es ampliar los conocimientos a todo tipo de campos. La diversidad es básica, al igual que la codificación de la información que juzguemos importante (mediante mapas mentales por ejemplo). Eso nos ayudará también a no pensar de manera lineal. El quid de la cuestión reside en combinar nuestros recuerdos y experiencias, sin que eso limite nuestras deducciones a lo conocido, para obtener una nueva idea, más creativa y alineada con el problema que intentamos resolver.

Y el mejor método para lograr unos buenos resultados es mantener la objetividad, cosa difícil en tanto el asunto sea cercano. Por eso la propuesta es guardar distancia realizando una actividad totalmente diferente al problema que tratamos de solucionar o ver el problema desde otro punto de vista, como si fuera el asunto de otra persona,  desde fuera.

En el vídeo del teléfono, este momento está muy claro. Su referencia son los móviles de última generación, por eso tratan inútilmente de llamar. Las conexiones de sus recuerdos y experiencias les animan a marcar el número y descolgar después. Sin embargo, esa referencia es también su sesgo ya que les resulta una acción limitante en la que caen una y otra vez. Si consiguen superar esa forma de actuar y se abren a nuevas opciones, es posible, pero solo posible, que logren establecer contacto…

Si quieres ver el vídeo completo, pincha aquí.

Ring, ring. ¿Aló? ¿Te ha parecido curioso?¿Te animas a utilizar el método Holmes en tu día a día? Cuéntamelo por favor.  Y además te pido una cosilla, si consideras que el artículo es interesante, me harías un gran favor compartiéndolo. Muchas gracias.

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El Santo Grial del suspense: el terrible incidente de la tía Pepi.

Santo Grial

Noticia bomba. Ya está. Lo he descubierto. Sé sin lugar a dudas cuál es el Santo Grial del suspense; el recurso narrativo más efectivo en las novelas criminales y los thrillers. Y no, no ha sido por leer ningún sesudo manual literario. Qué va. Ha sido un momento “ahá” de lo más mundano. Verás.

Como lectora, una de las cosas que más me gustan de las novelas negras y thrillers es el suspense. Me fascina como con unas sencillas palabras los autores consiguen que te mantengas pegada a la silla y con el corazón en un puño. Agatha Christie, Mary Higgins Clarck, y por supuesto el mago del suspense Stephen King son excepcionales creadores de intriga. ¿A quién no le ha sorprendido la madrugada leyendo una novela con esa sensación de angustia y empatía mientras piensas “solo un capítulo más y lo dejo”? Exacto.

Pero es un recurso difícil porque si no se utiliza bien el resultado es el “efecto pedorreta”. Bueno, o el de “sonido de globo deshinchándose” si te gusta más. Te ha pasado ¿verdad? La novela promete tanto… A cada página la trama se enreda, el protagonista sufre más, las expectativas son cada vez más altas…Y llega el final: decepcionante. Qué pena y qué rabia. Una explicación demasiado inverosímil, un personaje que actúa de forma impropia respecto a su devenir en la novela, o ¡lo peor de todo! Un Deux ex machina. Horror de horrores.

Siempre me he preguntado cómo será posible identificar qué funciona y cuándo utilizarlo en una historia para que el interés y la intriga vayan in crescendo hasta el final. Y, como te decía al comienzo, lo he descubierto. Este mismo fin de semana, unos minutos antes de la comida familiar.

Las previsiones ya anunciaban un fin de semana pasado por agua así que el plan de comida familiar y sobremesa relajada al calor de una buena conversación parecía una buena idea. Lo que nunca imaginé era que en tan solo unos minutos todo mi mundo fuera a cambiar por encontrar una revelación inesperada (igual me he venido arriba y es algo menos impactante, pero es que hoy estoy un poco dramática, qué le voy a hacer). Y menos que este descubrimiento llegase de una persona que a priori no tiene inquietudes literarias más allá de la lectura puntual de alguna novela cada cierto tiempo.

A lo que iba. Hace tan solo unos días he vivido ese momento “ahá” que te descoloca y te descubre algo tan importante como decisivo para ti. Venga, va, no te hago esperar más.

Te lo cuento momento a momento.

 Momento emboscada: la calma que precede a la incertidumbre


Este es el periodo previo al acontecimiento principal. Es un momento muy importante para crear suspense porque es un instante en el que el ambiente es decisivo. El lector tiene que estar in albis, sereno, confiado… vamos, lo que viene siendo en la inopia para que cuando llegue el momento adecuado, el efecto del suceso sea mucho más impactante, poderoso y eficaz. Si no lo ves venir, la sorpresa puede ser mayúscula ¿cierto?

Por fin es sábado y llueve en Mordor (¿Cómo no? Si aquí hace mal tiempo un día sí y otro…también).Llegas a casa de tu madre. Te recibe con esa hospitalidad amorosa y entrañable de la que siempre hace gala y te dice que aún le quedan un par de cositas por preparar (conociéndola es fácil que haya preparado comida como para un ejército) y que mientras tanto podéis esperar un poquito en el salón. Todos menos tú, porque te suelta un “¿me acompañas, cariño?” que eres incapaz de rechazar.

Así que allá vas, tras las zapatillas de felpa de tu madre (esas que a pesar de los años siguen estando en perfectas condiciones y sobre las que te surgen mil dudas del tipo ¿encargó un palé entero del mismo modelo y color hace décadas o es que solo se las pone cuando venimos a comer a su casa?). Entras en la cocina y una vaharada de calor y aromas deliciosos embriagan tus sentidos atontándote un poquito.

Ella entra decicida en la cocina y separa una silla. Con un gesto amable te anima a sentarte. Incluso te acerca el periódico del día y tú, ingenua y confiada, comienzas a pasar las páginas leyendo los titulares. Entonces. Es entonces cuando ella suelta la pregunta que da comienzo a todo el periplo posterior.

Momento crucial: Sorpresa y presagio


Ese instante en el que con pocas palabras el escritor te hace la promesa de que algo va a ocurrir. Quizá sea este punto el momento más importante de la novela. Porque es el que va a hacer que decidas si quieres continuar con la lectura, si lo que te propone el autor te intriga tanto como para no soltar el libro. Sabes que algo terrible va a suceder, algo que excita tu curiosidad. Y para ello el autor deja entrever un fragmento de información interesante pero que solo insinúa lo que podría suceder. Así que el lector comienza a elucubrar sus teorías.

—Uy, chica, ¡qué tremendo lo de la tía Pepi! ¿Verdad?

Y tú, que hasta ese momento eras feliz viviendo en la inopia, pones cara de interrogante, parpadeas varias veces y sostienes en alto la última página del periódico que vas a leer (aunque aún quizás ni lo sabes). Ella ve tu expresión de total desconocimiento y te da una pista más. Pequeñita, pero jugosa.

—Si, mujer, la tía Pepi, que ha estado ingresada. Anda que parecía una tontería y ya ves, un par de días hasta que la controlaron.

—¿Que la controlaron?¿Pero qué le ha pasado? No sabía nada.

—Ya, claro, ¿qué vas a saber? Yo, si no hubiera sido por la Paca y la Concha que pasaron ayer por la mercería seguro que no me hubiera enterado. Pues buena es la Pepi, con tal de no molestar. Ya sabes, igualita igualita que tu tío Antonio.

Momento subtrama o cortina de humo


Justo cuando el lector espera más información, el escritor juega con sus ilusiones y pospone la profundización en el asunto desviando la atención hacia otro lugar. Puede ser mediante la introducción de una subtrama, o de otro personaje, o mediante la inclusión de pistas falsas o redherrings.

Tu madre se gira hacia la encimera, empuña el cuchillo patatero y se pone a pelar los ajos mientras tú continúas a la espera de saber qué ha pasado con tu tía Pepi. Entonces se da la vuelta y te mira por encima de las gafas. Suspira y menea la cabeza al tiempo que pone los ojos en blanco.

—¿Qué?¿No te acuerdas? ¡Vaya memoria tienes, hija! Si, mujer. Se compró una televisión para Navidades. Una de esas nuevecitas, enorme como un campo de fútbol, plana y con no sé cuantas cosas de esas modernas y maravillosas. Vamos, que al aparato le faltaba hacerle la cena cuando llegase a casa. Un portento de cacharro, vaya. Que otra cosa te digo. No sé para qué se compró semejante chisme el tío Antonio, porque no tiene ni idea de usarlo.

Momento incertidumbre total


En este intervalo de la acción es imprescindible crear una duda o una amenaza que espolee la curiosidad del lector. Por supuesto, uno de los recursos más efectivos en este momento es el efecto Zeigarnik según el cual, si interrumpes una acción antes de finalizarla, quedará pendiente en tu mente hasta que concluya.

Tú, que continúas sentada a la mesa, ignorante y a la espera de saber qué pasó con tu tía Pepi esta semana intentas reconducir la conversación con una pregunta.

—Ehmm, si, pero ¿y la tía Pepi?¿Qué tiene que ver el tío Antonio con lo que le ha pasado?

—Ay, hija, que no te enteras de nada. . Acuérdate, chica. Estuvo más de un mes con la televisión nueva y apagada porque no sabía sintonizar los canales. Y por no molestar, no decía nada, el hombre.

Momento elipsis


 

Ah, la elipsis, esa omisión intencionada cuya intención es que nuestro cerebro lector siga haciéndose más y más preguntas. ¡Qué recurso más efectivo! El autor hace referencia al asunto pero no suelta prenda.

—Igual que la Pepi. ¡Es que son para echar de comer aparte! ¡Jesús que familia!

Momento final


Después de ese viaje en montaña rusa por los clímax y anticlímax de la lectura, de las cortinas de humo y pistas falsas, de esa elipsis criminal y del ambiente de incertidumbre generalizada, llega ahora sí, el momento de la resolución. Aquí es donde el autor se la juega. Si sabe hacerlo bien y cumple las expectativas creadas, el lector le hace la ola. Si no…Puede poner en jaque su carrera literaria (al menos con ese lector al que no le han convencido sus métodos).

—¿Pero mamá, me vas a contar qué le ha pasado a la tía Pepi de una vez?

—Ay, nada hija, que se le infectó un panadizo en el dedo gordo del pie izquierdo, pero por no decir nada aguantó tanto tiempo que cuando fue al ambulatorio ya tenía muy mala pinta. Y ella estaba con fiebre. Ya sabes que le pusieron medicación por lo del corazón, así que tuvieron que ingresarla para controlarla. Ha pasado dos días en el hospital, que ya tiene una edad y claro, entre las curas y sus pastillas, pues han querido tenerla vigilada. Pero nada, chica. Ya está estupenda. Ayer estuve viéndola. Cojea un poquillo, pero está estupenda.

Tu madre como si tal cosa, termina de saltear los ajos en el aceite y los saca a una salsera en la que previamente ha echado vinagre blanco. Merluza al horno al estilo Orio. Deliciosa. Apaga la placa y el horno y te dirige la más enorme de sus sonrisas.

—¿Qué, cariño, vamos a la mesa?


Real (o casi) como la vida misma. Suspense e intriga en estado puro al estilo #madrequecuentaunaanecdotaylahaceeterna.

¿Y a ti, te ha pasado algo parecido?¿Has tenido un momento “ahá” tan mundano como este que te ha desvelado algo importante? ¡Cuéntamelo, me encantaría saberlo! Como siempre, tienes los comentarios a tu disposición.

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Lo que es, es; y lo que no es, no es. Parménides de Elea y los mitos de la novela negra.

Hoy voy a desmontar diez mitos de la novela negra. Aún a riesgo de que los puristas del género se me suban por las paredes, creo que hay algo que es conveniente distinguir. Novela negra no es lo mismo que novela negra. Y no, no me he dado un golpe en la cabeza ni tengo intención de volverte del revés con farragosas peroratas intelectuales. Nada de eso. Es mucho más sencillo. Verás.

Novela negra como género es un concepto totalmente diferente al término que acuñó allá por los años treinta el trío Hardboiled (Hammet, MacDonald y Chandler). Pero tendemos a confundirlo de la misma manera que solemos identificar a la novela negra con el subgénero policíaco a pesar de que en esta disciplina los subgéneros son múltiples y variados.

Por eso, hace unas semanas, cuando Ana Bolox defendía por aquí  que ella no escribe novela negra, se me rebelaron las pecas. ¡Eso no es así! Lo siento, Ana. Nein, nein. Ya sabes que no soy muy amiga de encarnizadas polémicas, pero frente a la apreciación (errónea en mi opinión a pesar de que luego lo matizó) de mi querida Ana, creo que es interesante aclarar unas cosillas y desmontar, ¿por qué no? algún que otro mito sobre el género negro que suele dar lugar a despistes y discusiones que, según mi criterio, son un sinsentido.

“La novela negra..


Se mueve en ambientes urbanos, nunca rurales.


El origen de esta afirmación responde a otra época en la que los entornos rurales se relacionaban con un tipo de vida menos peligrosa, más bucólica e inocente. En contraposición con la ciudad, el entorno rural se entendía como un lugar seguro en el que sus habitantes eran gentes sencillas y pacificas. Los ambientes rurales eran espacios tranquilos en los que nunca podían ocurrir sucesos tan violentos como en la urbe.

Si bien es cierto que aún se hace difícil entender algunos tipos de narraciones (como las de grupos criminales específicos o amenazas mundiales) dentro de un entorno campestre, si que puedes encontrar estupendas ambientaciones rurales que dan el marco preciso a novelas negras tan buenas como Quien con fuego (Carlos Ollo) o El caso de la mano perdida (Fernando Roye).

Debe mostrar violencia física.


Maticemos. Una novela negra sin violencia es como un coche sin frenos. Carne de catástrofe. Esa historia no va a funcionar. La violencia es una característica  inseparable de la novela negra. Pero eso sí, ha cambiado. Donde antiguamente debía aparecer una pelea, un navajazo o un disparo, hoy en día puede haber mucho más. Si. Hablo de violencia psicológica, no solo física. Y también esta se refleja en la novela negra como por ejemplo en La caricia de Tánatos (Maria José Moreno) o en Lo que no se ve (Ana Cepeda) o Detrás de la Pistola (Cristina Grela).

Es cruda y en ella no tiene cabida el amor.


Mal que le pese a S.S Van Dine como ya comenté por aquí, hoy en día la novela negra también tiene su corazoncito y explora las diferentes formas de “amor” que hay en la sociedad. Desde el amor tóxico, hasta el romántico pasando por el condenable, el trágico, el pantanoso…

Atendiendo a todas estas opciones, verás que es fácil encontrar novelas negras en las que uno de sus hilos argumentales responda a una historia de amor como en la Trilogía de la ciudad blanca o la Serie Cestero de Ibon Martín.

Es racional, lo fantástico no está admitido.


Este es un principio admitido desde los orígenes de la novela negra y que ha funcionado sin fisuras hasta hace poco tiempo. De hecho la parte más purista sigue manteniendo este argumento como un puntal básico para entender el género. Pero atendiendo a la realidad, no podemos ignorar que con la globalización y la evolución de todos los géneros, también la novela negra está expuesta a maridajes anteriormente impensables. Como ejemplo puedes leer la Trilogía del Baztán (Dolores Redondo), donde el crimen convive con criaturas mitológicas y sobrenaturales como el Basajaun.

Desvela la resolución del crimen en las últimas páginas de la novela.


Esta es una afirmación que tiene su fundamento en el movimiento británico  Whodunit de los años 20-50 según el cual durante la novela se van concediendo pistas al lector para que pueda llegar a deducir la identidad del criminal (generalmente un asesino). Años después, sin embargo, surgieron otras tendencias como el Howdunit o el Whydunit, que se enfocaban en el modus operandi y en el motivo que tuvo el criminal para cometer el delito. En estos últimos casos, el interés no se centra en el asesino sino en las preguntas que rodean al crimen. Puedes encontrar un par de buenos ejemplos en Canción Dulce (Leila Slimani) o en Memento Mori (César Pérez Gellida).

Responde a una estructura concreta.


Con esto no me estoy refiriendo al consabido inicio, nudo y desenlace (que también), sino también al patrón genérico de asesino, sospechosos, víctima, pistas falsas, etc. La novela negra ha cambiado y con ella, las estructuras formales y de estilo también lo han hecho. Ahora el narrador ya no es siempre omnisciente ni el hilo temporal obedece exclusivamente al orden cronológico. Tampoco los diálogos tienen que seguir de forma impasible las reglas ni el lugar en el que transcurre la acción se aviene a la realidad pese a ser un espacio ficticio. Como consecuencia, las novelas negras que surgen del dinamitado de las reglas clásicas, suelen ser de lectura algo más trabajosa, pero igualmente son muy interesantes y como ejemplo puedes leer el último premio Hammet: Madrid: frontera (David Llorente).

Si hay un crimen, es novela negra.


Pues va a ser que no. Por mucho que las editoriales se empeñen en tildar de género negro algunas novelas únicamente porque entre sus páginas hay un crimen, no siempre es así. Para que una historia pueda considerarse dentro del género debe cumplir muchas más características ( y aquí es donde suele comenzar el conflicto). Sin querer entrar en consideraciones polémicas, me gustaría preguntarte ¿Consideras una novela negra a Crimen y Castigo, Los pilares de la tierra o El país bajo mi piel? En todas ellas hay crímenes, pero no por eso corresponden al género noir. Delinear el mapa de la novela negra es muy complicado y no seré yo quien establezca sus límites, pero como ya dije por aquí, en mi opinión no cabe que por motivos económicos o editoriales se introduzcan dentro del mismo grupo novelas que no comparten género.

Los motivos del criminal son amor, venganza o dinero.


También en esto han evolucionado los antagonistas de las novelas. Tradicionalmente, las motivaciones del criminal se podían englobar en estas tres categorías, pero hoy en día, a pesar de que estos tres impulsos continúan siendo válidos, no son las únicas razones por las que actúa el asesino. Y con esto no me refiero a que las causas de un asesinato estriben en los problemas psicológicos del criminal, sino a otro tipo de fundamentos, como por ejemplo la necesidad de trascender mediante el asesinato. Un ejemplo claro de esto es la primera parte de la Trilogía Versos Canciones y trocitos de carne (César Pérez Gellida).

Debe ser como una lija, tiene que molestar.


Si bien es cierto que una de las bases del género es reflejar la sociedad con intención de denuncia, hay que reconocer que dentro de la novela negra existe un subgénero llamado cozy en el que el sexo y la violencia se rebajan a la mínima expresión. En estas novelas, como puedes suponer, la denuncia social tampoco es una de las máximas, por lo que resultan lecturas de esparcimiento amable, sin más pretensión que entretener (y no es poco). Dentro de estas novelas negras se encuadran las tradicionales como La Piedra Lunar (Wilkie Collins) de la que hablé hace unos días aquí,  la serie de Miss Marple (Agatha Christie), y en nuestra época, las que escribe Ana Bolox. Tanto las de la señorita Starling como las de Carter &West. 

Es policial y conlleva una investigación.


Si bien es cierto que por costumbre se tiende a asociar la novela negra con el género policiaco, no deberíamos olvidar un pequeño matiz. Como afirmaba Marcelo Luján en sus talleres de la última edición de Pamplona Negra, en el país del género negro el policial es una provincia más. Es decir, un subgénero. Probablemente el más famoso y el que más recorrido le ha dado a estas novelas, pero no el único. Si necesitas un ejemplo, puedes leer los dos últimos premios Hammet: Subsuelo (Marcelo Luján) y Madrid: frontera (David Llorente). Con ellos se pone de manifiesto que la novela negra está en pleno proceso de cambio y que, además, es mucho más que una investigación policial.

 

Por todos estos motivos (en especial el número nueve), me atrevo a afirmar sin lugar a dudas que Ana Bolox sí escribe novela negra. ¿Estás de acuerdo? Me encantaría conocer tu opinión. Si te apetece puedes dármela en los comentarios.

 

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Cuando sale la reclusa de Fred Vargas

Mañana comienzan las vacaciones de Semana Santa, y ¿qué mejor compañía para estos días que una buena lectura? Como esta novela de Fred Vargas, Cuando sale la reclusa. Motivos para recomendártela no me faltan.

Hay personajes que vienen para quedarse y a los que sabes que cuando acudes, nunca defraudan. Ese es Adamsberg y su particular universo. ¿Lo conoces? Si no es así te lo recomiendo. También en esta última novela de la serie en la que el comisario ha vuelto por obligación de unas merecidas vacaciones en Islandia para resolver un crimen que, por cierto, se ventila en unas páginas.

Su vuelta pone de manifiesto su extraordinario sexto sentido para descubrir al culpable. Una especie de “sentido arácnido” que ronda esa bruma en la que parece suspendido de manera continua. Le vemos dibujar menos, en esta ocasión, y también es novedad la duración del enfrentamiento que mantiene con Danglard, aunque madame Vargas da las explicaciones oportunas y todo queda claro, aceptado y entendido en el momento adecuado. Ningún hilo argumental queda suelto aunque esta novela me haya dejado con algunas dudas sobre la verosimilitud del modus operandi criminal. También he tenido algún momento de desorientación por el  amplio abanico de sospechosos, pero todo es perdonable porque, aunque soy consciente de sus singularidades, adoro el universo Adamsberg.

Fred Vargas es única manejando ambientes tan peculiares como lo son sus personajes. Porque dime si no, en qué comisaría se ha visto un grupo en el que se codean un disléxico, un hombre de mente enciclopédica (tan culto como adorador del alcohol), una mujer cuyo armario oculta bajo llave exquisitos menú para cualquier ocasión, un ictiólogo, un hipersomniaco o un hombre de cabellera parecida a la piel de un leopardo. Imposible que pasen sin pena ni gloria por los ojos de quien los lee.

Me encanta y me sorprende una vez más la narración que la escritora ha construido alrededor de la Loxosceles rufescens o reclusa; una pequeña araña. Es venenosa pero no se considera letal y  sin embargo, en poco tiempo, tres ancianos han muerto a causa de sus  picaduras. Nada hace pensar que no sean casos puntuales y mucho menos que detrás de esas muertes se esconda una mano asesina. Nadie lo piensa excepto Adamsberg, en cuya mente los ecos del nombre ese pequeño arácnido resuenan sin que él pueda dar una respuesta lógica.

Fred Vargas es en este caso quien teje la red y Adamsberg quien baila sobre los hilos con pasos firmes al comienzo, pero conforme las circunstancias se vuelven más y más desfavorables, casi termina por dejarse vencer. Pero renunciar no es su estilo, por eso buscará el origen de ese dolor de cabeza, de esa bruma que le acompaña. Y para eso necesitará congraciarse con su grupo, porque necesita avanzar a espaldas de los mandos superiores (puesto que no existen indicios que sugieran que esas muertes no han sido accidentales). También será crucial un repaso a la historia medieval para resolver el caso. Eso, y lo que le aconseja su psicólogo de cabecera: “consultarlo con la almohada”

Una novela plagada de ingeniosos diálogos, de temas candentes (y peliagudos) tratados con la elegancia y profundidad adecuada y donde, una vez más, se pone de manifiesto el perfil  arqueozoologico e historiador de la escritora, que penetra con maestría en la psique humana.

Sinopsis editorial


El comisario Jean-Baptiste Adamsberg, tras unas merecidas vacaciones en Islandia, se interesa de inmediato a su regreso a Francia por la muerte de tres ancianos a causa de las picaduras de una Loxosceles rufescens, más conocida como la reclusa: una araña esquiva y venenosa, pero en ningún caso letal. Adamsberg, que parece ser el único intrigado por el extraño suceso, comienza a investigar a espaldas de su equipo, enredándose inadvertidamente en una delicada y compleja trama, llena de elaborados equívocos y profundas conexiones, cuyos hilos se remontan a la Edad Media. Un caso elusivo y contradictorio que se escapa a cada momento de las manos del comisario, haciéndole regresar a la casilla de salida. Solo sus intuiciones, tan preclaras como dolorosas, serán capaces de devolverle la confianza que necesita para salir ileso de la red tendida por la más perfecta tejedora..

Cuando sale la reclusa es sin duda la obra más ambiciosa de Fred Vargas, la reina indiscutible de la novela negra europea. En ella se entrecruzan con maestría todos los temas que han convertido la publicación de cada una de sus novelas en un auténtico acontecimiento literario, tanto para la crítica como para los lectores: el medievo, la arqueología, los mitos, el mundo de los animales y, por supuesto, la descripción detallada y poderosa de los oscuros laberintos del alma humana.

 

¿Qué te parece, te animas? Ah! Y por si todo lo anterior no fuera suficiente, entre sus páginas hay un jugoso cameo de Mathias, uno de los protagonistas de su serie de Los Tres evangelistas.

Lo dicho, no te la puedes perder.

Una última recomendación


Durante estos días no olvides los diez mandamientos del lector…

¡Feliz descanso!

 

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Todos somos hijos de Gengis Kan. Los padres de la novela negra: Wilkie Collins

Hijos de Genghis Khan Wilkie Collins

Según algunas teorías que circulan por la red, hay una posibilidad muy alta de que todos seamos hijos de Genghis Khan, por lo que el 19 de marzo, quizá debiera ser el día del guerrero mongol. Quién sabe. En cualquier caso, lo que sí parece cierto es que somos el resultado de lo que nos precedió. Somos quienes somos debido a nuestros antepasados. Igual que en novela negra. No podríamos entender el género actual sin sus precursores.

En una de mis últimas visitas al trastero de mi madre encontré en una caja de cartón las lecturas que  había acumulado en la época del instituto. Con la nostalgia prendida en las córneas abrí una de ellas.  Esperaba localizar entre los títulos de las lecturas obligatorias unos cuantos clásicos de la Literatura, pero no contaba con encontrar entre todos ellos un ejemplar de La Piedra Lunar. Recordaba vagamente haberlo leído, pero no que en aquella época tuviera las habilidades necesarias para hacerlo en inglés porque ahora me veo totalmente incapaz de sumergirme en las páginas de la novela para poder disfrutarla. Es más, si me imagino leyéndola, evoco una imagen de mi misma muy poco halagüeña. Bolígrafo, cuaderno y Collins Pocket en ristre. En fin.

Este encuentro con mi  yo del pasado me dio que pensar en los padres de lo que hoy conocemos como novela negra, expresión que difiere bastante de lo que se acuñó como tal en los años treinta gracias al trío de autores hard boiled  Hammet, Chandler y MacDonald . Pero antes que la triada negra existieron otros tantos escritores que fueron los precursores del género y responsables de las novelas de misterio, las novelas enigma o las primeras policíacas.

Todos sabemos quién fue Poe (y si no lo sabes por favor, échale un vistazo a este pedazo de post que se marcó Jaume hace unos días) y también Conan Doyle gracias a su famosísimo Sherlock Holmes. Pero en la herencia genética de la novela negra actual hay ADN de ambos junto con los de Leroux, Leblanc, o Collins. Figuras igualmente importantes aunque que vaya usted a saber porqué, han pasado bastante más desapercibidas en el panorama literario. Uno de ellos, como te comentaba, es Wilkie Collins. ¿No lo conoces? Pongamos remedio.

Wilkie Collins


 

William Wilkie Collins (1824-1889) comenzó su carrera de narrador de cuentos de forma fortuita, como respuesta a una situación de bullying en el internado. No lo tuvo fácil este hombre de apariencia llamativa (nació con un gran bulto en la frente) y complexión extraña (su cabeza y hombros eran desproporcionados en comparación con sus pequeños pies y manos).

El joven Wilkie continuó con su afición por la escritura mientras desarrollaba trabajos de aprendiz de comerciante en una tienda de té y durante sus estudios de Derecho (profesión que nunca ejerció) alternando la escritura de artículos periodísticos con cuentos y relatos. Coetáneo de Dickens, trabajó para él en la revista All the Year Round  y estableció con éste unos lazos fuertes y profundos tanto a nivel profesional como personal (no en vano el hermano de Collins se casó con la hija mayor de Dickens).

Durante las décadas de 1850 y 1860, Collins conoció el éxito editorial y la decadencia física al mismo tiempo. Publicó sus cuatro novelas principales, La mujer de blanco (1860), No name (1862), Armadale (1866) y La piedra lunar (1868) con gran aclamación por parte de los lectores. Incluso podríamos asegurar que fue el precursor de lo que hoy conocemos como merchandising puesto que el marketing para publicitar sus novelas incluía capas, perfumes, etc. De hecho, con sus 27 novelas, alrededor de 50 historias cortas, más de una decena de obras de teatro y un centenar de obras de no ficción, Collins fue uno de los escritores victorianos más conocidos y aclamados.

El creador de la frase “Hazlos llorar, hazlos reír, hazlos esperar” tuvo una vida poco convencional. Amante de algunos excesos, llevaba un estilo de vida poco ortodoxo sobre todo en el plano sentimental. Conoció a Caroline Graves en unas circunstancias peculiares, mientras paseaba una noche en compañía de su hermano y otro amigo común. Según parece, fueron abordados por una mujer vestida de blanco (la propia Caroline) que huía de una villa donde había estado prisionera. Graves y él nunca llegaron a casarse, (Collins incluso acudió a la boda de Caroline con otro hombre, pero ese matrimonio fracasó y la mujer volvió a vivir junto a Wilkie hasta su muerte) y además el escritor mantenía a su vez otra relación con una muchacha veinte años más joven. Para evitar comentarios malintencionados, Wilkie compró un piso a unos metros de su vivienda habitual en el que instaló a su amante, Martha Rudd, con quien tuvo sus tres hijos: Marian, Harriet y Charley.

Pese a todo, la salud de Wilkie fue decayendo. Continuaba sufriendo dificultades respiratorias y sus problemas cardíacos se acrecentaron junto con su dependencia al opio y al láudano. Murió el 23 de septiembre de 1889, cuando contaba con sesenta y cinco años.

Legado noir


Dos son sus obras más representativas: La dama de Blanco y La piedra lunar. En ambas profundiza en el estilo epistolar y los múltiples puntos de vista. Las dos son un ejemplo extraordinario de un buen manejo de suspense e intriga; no en vano, la forma de publicación de estas dos novelas (por entregas) es la manera ideal para desarrollar el recurso narrativo que hoy conocemos como cliffhanger y sin el que los thrillers actuales no tendrían sentido.

La piedra lunar.


La que se considera la primera novela policial británica es mi recomendación para celebrar el diecinueve de marzo. La  obra cumbre de uno de los padres del género y que tantas veces ha sido “homenajeada” (leer con un punto de ironía, por favor) por diferentes autores en sus novelas. En ella encontrarás un narrador al más puro estilo victoriano, pero también estructuras narrativas propias de nuestros días. Disfrutarás entre sus páginas de las características típicas para la resolución de un misterio, de una narrativa coral al estilo epistolar y de coartadas interesantísimas. También los personajes son deliciosos en sus descripciones tanto a nivel físico como emocional (no te puedes perder al mayordomo Betteredge, cuya explicación a cualquier suceso real tiene su referencia en Robinson Crusoe).

Otro elemento destacable de esta obra es la pareja policial de la novela. Un tándem compensatorio entre dos caracteres complementarios que vio su reflejo en Holmes y Watson y que ha llegado hasta la actualidad, donde la caracterización de los investigadores suele seguir este patrón dual.

Si te apetece verla en pequeña o gran pantalla, también puedes hacerlo en sus versiones cinematográficas de 1934(Reginald Barker) y 1996 (Robert Bierman) o en la serie de televisión de 1972.

Sinopsis


Un precioso diamante conocido como la Piedra Lunar es robado de la estatua de un dios hindú por un oficial inglés pese a la maldición que protege la piedra. Años más tarde, su sobrina, una joven adinerada de la sociedad victoriana, hereda la joya por su cumpleaños. Pero la piedra sagradano viaja sola. Tres hindúes siguen sus pasos para recuperarla. ¿Serán ellos los culpables de la desaparición de la Piedra Lunar esa misma noche? ¿O alguien se les ha adelantado?Años antes de la aparición de Sherlock Holmes y su descendencia literaria, Wilkie Collins inauguró el género de las novelas de detectives con La Piedra Lunar. En ella parte de una desaparición aparentemente insoluble y recurre a una original estructura narrativa para desentrañar el misterio. Ante la dificultad para resolver el caso, cada uno de los testigos debe escribir detalladamente lo que vio y escuchó durante esos días. Collins despliega así su talento literario y su profundo conocimiento de la condición humana, y consigue perfilar nítidamente a cada uno de los personajes a través de las sospechas, posibles motivaciones e historias secundarias que surgen en sus testimonios, así como por medio de un contraste satírico de sus interpretaciones, en ocasiones opuestas. Una obra maestra que nos presenta una serie de hechos misteriosos desde los dispares puntos de vista de unos personajes inolvidables.

Puedes encontrarla en pdf justo aquí gracias a la biblioteca digital taumalipas.

Una última recomendación: puede que algunos pasajes te resulten densos o farragosos sobre todo en la primera parte. Es normal. Dale un poco de manga ancha, que merece la pena y no olvides la época en la que fue escrita para que puedas apreciarla en su justa medida.

¿Conocías a Wilkie Collins? ¿Y a La Piedra Lunar? Yo casi había olvidado que la leí hace muchos años. Si hubiese tenido entonces la Guía Definitiva de Lecturas, otro gallo me hubiera cantado. Pero como todo tiene remedio, ahora la he incluido en la lista para una relectura que espero no tarde mucho en llegar. ¿Y tú, tienes memoria de elefante o de Dori?¿Registras tus lecturas? Si necesitas un lugar donde poder hacerlo, te animo a que te descargues La Guía. Estoy segura de que te será muy útil.

 

Lee. Disfruta. Cuéntame.